miércoles, 9 de abril de 2014

Dieta para embarazadas diabéticas. ¿Qué debemos saber?

La dieta de la embarazada diabética debe calcularse en relación con su peso, restringiendo las calorías si es obesa y elevándolas si está desnutrida. Hay que tener presente que durante la segunda mitad del embarazo se eleva en 200 calorías diarias el aporte calórico aconsejable y que se deben elevar también, en unos 20 g diarios, las proteínas, cuidando de que más de un tercio de las mismas sean de origen animal. El aporte de calcio debe elevarse unos 400 mg diarios, e igualmente deben ser amplios los aportes de todas las vitaminas. Sin embargo, y aunque sea fundamental asegurar a la embarazada (diabética o no) una buena alimentación, es preciso evitar el que engorden en exceso, de tal forma que la ganancia  de peso en el cur­so del  embarazo no debe sobrepasar los 10 Kg.



Dentro de este aporte calórico el contenido en hidratos de carbono debe ser amplio (unos 280 g diarios, que se aumentan si tiene mucha glucosuria). Las proteínas oscilarán alrededor de los 120 g (salvo que exista insu­ficiencia renal) y el resto de las calorías procederán de las grasas (véase apartado III). Se debe aconsejar que tomen leche y queso, para asegurar el aporte de calcio, y frutas y ensaladas, para proporcionarles las vitami­nas que precisan. Y, a mi juicio, nunca viene mal el administrarles un com­plejo vitamínico-mineral de los muchos que hay en el comercio. Es conve­niente que la dieta sea siempre relativamente pobre en sal.

Si la embarazada tiene edemas, se reducirá aún más el aporte de sodio. Si con ello no basta, hay que utilizar diuréticos. Dentro de éstos, las clorotiazidas disminuyen la utilización periférica de la glucosa y la actividad de las células beta, por lo que en principio no deben utilizarse en las diabé­ticas. Sin embargo, en la práctica esta acción es ligera y se contrarresta fácilmente elevando un poco las dosis de insulina. La furosemida y el ácido etacrínico parecen afectar menos a las glucemias.

Algunas embarazadas diabéticas pueden compensarse sólo con dieta. Pero la mayoría no alcanzan con ella una compensación adecuada o ésta se pierde al progresar el embarazo. Esto hace preciso el empleo de insulina, ya que aunque son numerosos los auto­res que han tratado a diabéticas embarazadas con hipoglucemiantes orales (Bedoya, Dolger, White, últimamente Notelovitz, 1971) sin observar per­juicio alguno para el feto, el consenso general es considerar más segura la insulina. En fin de cuentas, una diabética embarazada es una diabética jo­ven y sometida a un stress; luego, aunque dejemos aparte la dudosa acción teratógena de las sulfonilureas, entra de lleno en el campo de las indicaciones de la insulinoterapia.

Pero esta insulinoterapia ha de ser muy cuidadosa. Durante el primer trimestre, y más si la embarazada tiene vómitos, hay que ser muy cauto en la dosificación, pues es fácil producir hipoglucemias. Más tarde habrá que ir elevando las dosis paulatinamente, a medida que el embarazo progresa y la diabetes se intensifica. Nosotros usamos en estos casos insulina Lente, una vez al día al comienzo (controlando con frecuencia el perfil glucémi- co), y si con ello no basta, insulina NPH cada doce horas.

Cuando el parto se aproxima, es aconsejable abandonar las insulinas re­tardadas y pasar a la administración de insulina normal antes de cada co­mida (tres veces al día). Al iniciarse el parto se suspende la insulina (o se bajan las dosis a una cuarta parte, si las necesidades fueran altas), debién­dose controlar las glucemias a las 2, 6 y 12 horas del parto para regular, con arreglo a ellas, las dosis de insulina. Al día siguiente puede reanudarse la administración de NPH o de Lente, teniendo en cuenta que, como ya hemos dicho, las necesidades van a ser menores que durante el embarazo.



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