La dieta de la
embarazada diabética debe calcularse en relación con su peso,
restringiendo las calorías si es obesa y elevándolas si está desnutrida. Hay
que tener presente que durante la segunda mitad del embarazo se eleva en 200
calorías diarias el aporte calórico aconsejable y que se deben elevar también,
en unos 20 g diarios, las proteínas, cuidando de que más de un tercio de las
mismas sean de origen animal. El aporte de calcio debe elevarse unos 400 mg
diarios, e igualmente deben ser amplios los aportes de todas las vitaminas. Sin
embargo, y aunque sea fundamental asegurar a la embarazada (diabética o no) una
buena alimentación, es preciso evitar el que engorden en exceso, de tal forma
que la ganancia de peso en el curso del embarazo no debe
sobrepasar los 10 Kg.
Dentro de este aporte
calórico el contenido en hidratos de carbono debe ser amplio (unos
280 g diarios, que se aumentan si tiene mucha glucosuria). Las proteínas
oscilarán alrededor de los 120 g (salvo que exista insuficiencia renal) y el
resto de las calorías procederán de las grasas (véase apartado III). Se debe
aconsejar que tomen leche y queso, para asegurar el aporte de calcio, y frutas
y ensaladas, para proporcionarles las vitaminas que precisan. Y, a mi juicio,
nunca viene mal el administrarles un complejo vitamínico-mineral de los muchos
que hay en el comercio. Es conveniente que la dieta sea siempre relativamente
pobre en sal.
Si la embarazada tiene
edemas, se reducirá aún más el aporte de sodio. Si con ello no basta, hay que
utilizar diuréticos. Dentro de éstos, las clorotiazidas disminuyen la
utilización periférica de la glucosa y la actividad de las células beta, por lo
que en principio no deben utilizarse en las diabéticas. Sin embargo, en la
práctica esta acción es ligera y se contrarresta fácilmente elevando un poco
las dosis de insulina. La furosemida y el ácido etacrínico parecen afectar
menos a las glucemias.
Algunas embarazadas
diabéticas pueden compensarse sólo con dieta. Pero la mayoría no alcanzan con ella una compensación adecuada o ésta se
pierde al progresar el embarazo. Esto hace preciso el empleo de
insulina, ya que aunque son numerosos los autores que han tratado a
diabéticas embarazadas con hipoglucemiantes orales (Bedoya, Dolger, White, últimamente Notelovitz, 1971) sin observar perjuicio
alguno para el feto, el consenso general es considerar más segura la insulina.
En fin de cuentas, una diabética embarazada es una diabética joven y sometida
a un stress; luego, aunque dejemos aparte la dudosa acción teratógena de las
sulfonilureas, entra de lleno en el campo de las indicaciones de la
insulinoterapia.
Pero esta insulinoterapia
ha de ser muy cuidadosa. Durante el primer trimestre, y más si la embarazada
tiene vómitos, hay que ser muy cauto en la dosificación, pues es fácil producir
hipoglucemias. Más tarde habrá que ir elevando las dosis paulatinamente, a
medida que el embarazo progresa y la diabetes se intensifica. Nosotros usamos en estos casos insulina
Lente, una vez al día al comienzo (controlando con frecuencia el perfil
glucémi- co), y si con ello no basta, insulina NPH cada doce horas.
Cuando
el parto se aproxima, es aconsejable abandonar las insulinas retardadas y
pasar a la administración de insulina normal antes
de cada comida (tres veces al día). Al iniciarse el parto se suspende la
insulina (o se bajan las dosis a una cuarta parte, si las necesidades fueran
altas), debiéndose controlar las glucemias a las 2, 6 y 12 horas del parto
para regular, con arreglo a ellas, las dosis de insulina. Al día siguiente
puede reanudarse la administración de NPH o de Lente, teniendo en cuenta que,
como ya hemos dicho, las necesidades van a ser menores que durante el embarazo.
